La fuerza y entusiasmo con la que Gabi Heras nos cuenta su proyecto de humanizar las unidades de cuidados intensivos nos ha dado la esperanza, de que la sanidad española  no está muerta, aunque esté acosada por múltiples enemigos internos y externos. Y que puede, con iniciativas tan valiosas como esta, despertar de una pesadilla tecnocrática en la que el paciente desapareció  de su mirada y se deshumanizó.

Con médicos como él y, como muchos otros, que han adoptado su programa para llevar empatía, escucha activa, compasión, meditación  a unos de los lugares donde más se sufre, en los límite agudos entre la vida y la muerte, la sanidad podría recuperar el corazón de la vocación médica, ayudar a atravesar la difícil experiencia de la enfermedad y la muerte con sabiduría y compasión ante la vulnerabilidad humana que es cuerpo, mente y espíritu. Con el corazón en las manos el mundo puede cambiar. Es responsabilidad de todos.

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